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Desde las cavernas hasta
hoy, muchas vueltas ha dado este viejo mundo nuestro. Si aquellos
antepasados sólo se hubieran preocupado de calcular el peso
del mamut para así saber cuántos, cuánto y hasta
cuándo podrían comer, otro gallo nos habría
cantado a quienes viniéramos detrás. La humanidad
habría evolucionado dentro del perímetro intraspasable
de la igualdad y la fraternidad, y con la libertad que nos permitimos
atribuir a las grandes extensiones, los espacios abiertos y la falta
de asfixiantes infraestructuras, ajustando las ofertas y las demandas
desde la lógica a la necesidad y no desde el interés
hacia el beneficio de unos pocos. Pero no. Tuvieron que elegir
líderes, establecerse en castas, dominarse unos a otros y,
siguiendo el curso de la historia, todo tipo de aberraciones que nos
hacen poder afirmar en este primer párrafo que hemos aprendido
bien poco de los desatinos del pasado pero hemos conseguido
sobresaliente cum laude en la asignatura común a todas las
ramas del saber y el conocimiento: hacer el gilipollas.
Ojalá
podamos decir alguna vez aquello de atrás quedó la
esclavitud, el racismo, la discriminación sexual y/o
religiosa, la opresión, la violencia física, la
psíquica y alguna otra que seguro que está agazapada
esperando el despiste para colgarse en las primeras de los
periódicos, la precariedad laboral, la pobreza, el acoso en el
curro y en la escuela, las desigualdades que permiten que unos pocos
tengan mucho y que un montonazo tenga sólo las ganas de tener,
las dictaduras, las invasiones, los expolios, la contaminación,
las guerras, el sida, el hambre, las drogodependencias, y un etcétera
tan largo que no cabe en el ciberespacio. Pero no podemos decirlo
porque lo que hemos hecho es ponerles nombres en inglés, o
convertirlos en estadísticas y, eso sí, hablar de ello
acaloradamente a la hora del café o de las cañas,
porque el mundo está imposible y somos todos muy justos.
Somos todos muy
justos aunque cuando lleguemos a casa nos idioticemos frente al
televisor haciendo recuento de las camas que visita el personajillo
de turno o de los insultos que en los platós televisivos lanza
fulano a la cara y resto del cuerpo de mengana, a golpe de talón
por supuesto, sabiendo, cómo no, que mañana será
mengana quien vista de limpio a fulano con otro piquillo que añadir
a la cuenta bancaria. ¡Qué interesante! ¿En qué
acabará la historia? ¿Se reconciliarán? Eso sí
que mola para el descanso de mañana, si te parece voy a
preocuparme porque una concejala quiera cortar unos arbustos porque
sirven de cobijo a unos indigentes; aviado estás si crees que
voy a prestar atención a una directora de empresa que maltrata
a sus trabajadores insultándoles, ninguneándoles,
mintiendo y calumniándoles sin apuro ni reparo y,
desencaminado del todo si piensas que voy dedicar unos minutos de mi
tiempo a pensar en los pobres desgraciados que llegan medio muertos a
las costas canarias tras haber dejado en el camino a otros tantos
muertos del todo. Es mucho más glamouroso ocuparme del hijo
secreto, que conocía todo el mundo al parecer, que tuvo el
marido de la folclórica más destacada de la España
de bata de cola y exclusivas en el papel cuché con otra mujer
con la que mantenía relaciones mientras la oficial tenía
amores con uno de sus palmeros el cual, para tapar agujeros, que la
vida está muy cara y las palmas se pagan a poco, no duda en
vender su apasionado amor amparado en el silencio de la amada,
silencio obligado por otra parte, dado que la pobre mujer está
criando malvas desde hace una década. Con material tan gustoso
y entretenido, qué me vienes a contar de que están
achuchándote; espabila y que cada palo aguante su vela.
Es un ejemplo de tantos y hay tantos
ejemplos que me avergüenzo y soy consciente de que también
he obtenido la máxima calificación en la asignatura
maldita: me siento gilipollas.
Pues quiero
suspender, sí, pero sola no puedo. Necesito gente para
compartir el mamut. Quiero hacer cosas y no sólo hablar de
ellas. Acción de verdad y que sea solidaria. Quiero trabajar
por las cosas que me parecen importantes y no por las que dice la
moda que lo son. Necesito rodearme de gente que como yo, necesite
avanzar hacia el atino, hacia la justicia, hacia la igualdad, hacia
el respeto. Quiero compartir mi acción con la gente que tiene
ganas de moverse como yo, celebrar nuestros triunfos y llorar juntos
nuestras derrotas. No sólo quiero hablar de las cosas malas
que ocurren en el mundo, en el cercano, en el lejano, en el mío
y en el de los otros, y con mis conversaciones poner en marcha el
ventilador que salpica de mierda a los opresores, lo que quiero es
contribuir a limpiar la mierda y si con ello convierto al sentido
común, sin duda la mejor de las religiones, a algún
torturador, mejor que mejor, si no, al menos quiero desenmascararlo.
Hallé el
punto de encuentro. Un lugar humano donde hemos plantado una
semillita que poco a poco irá creciendo. Una planta solidaria
que tiene todas las pretensiones, ilusiones e intenciones que
corresponden a su juventud y por las cuales se dará de bruces
más de mil veces y creerá que nada vale la pena pero
que se apoyará en las ramitas de los lados para seguir
creciendo y superando obstáculos. Un colectivo entusiasta que
cree que aún estamos a tiempo, no de salvarnos o de salvar el
mundo, aunque todo se andará sino, sencillamente, de dejar de
hacer el gilipollas.
Laly Ramírez
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